Ágora… a diario la arena política

realidad en blanco y negro...

Maximiliano Cladakis-Edgardo Bergna editores. Organo de opinión política de Atenea Buenos Aires. Radio Atenea y Agora Buenos Aires

Escriben: Leandro Pena Voogt-

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viernes, 4 de septiembre de 2015

Migración, refugiados y colonialismo

opinión. Agora...a diario 04/09/2015


Edgardo Pablo Bergna

Maximiliano Basilio Cladakis

   Los sucesos acontecidos en Europa en los últimos tiempos con respecto a las migraciones señalan el horizonte de segregación étnica, racial, religiosa, cultural y económica sobre el cual se yergue el mundo occidental y civilizado. No es novedad, la civilización se funda en la segregación desde sus orígenes mismos: segregación a los “bárbaros”, constructo histórico-político a partir del que se fundamenta el ser occidental y civilizado, pues este sólo encuentra su razón de ser en la construcción de un otro que es negado. Hoy, la culta Europa es agente activo en la producción de cadáveres. El Viejo Continente, junto a Estados Unidos,  produce las condiciones de invivilidad en los países que coloniza, siendo fundamento de una corriente migratoria a la que considera ilegal y que combate con barreras que conllevan a diversas formas de muerte a los migrantes, formas que van desde la ejecución a disparos a la hidrocución, dejando a  gran cantidad de personas morir ahogadas en pleno mar. Cientos de miles de seres humanos, habitantes de países como Libia y Siria,  huyen de las guerras de colonización occidental para que se les reconozca el estatuto de “refugiados”, derecho que les corresponde a partir de los tratados internacionales firmados por la mayoría de los estados en 1951 y que les es negado, ni más ni menos, que con la muerte. Como señalaba Sartre hace más de cincuenta  años, la civilización produce sus propios monstruos, en este caso los “bárbaros invasores”, y, en ellos descubre su propio rostro. El verdadero rostro de la civilización no es sino la barbarie y el verdadero rostro de la barbarie es la civilización.

 

 

 

domingo, 19 de julio de 2015

Una derrota

opinión. Agora...a diario 19/07/2015




Edgardo Pablo Bergna

Maximiliano Cladakis

 

    El mercado ganó. La democracia fue derrotada. La troika, comandada por las finanzas alemanas, impuso su pliego de condiciones al Gobierno heleno. El pliego fue aceptado, lo que significó la subordinación de Grecia al poder econónomico, que más que poder económico debe ser llamado “poder comercial”.  Los intereses comerciales de las grandes corporaciones vencieron a los intereses populares. Y un gobierno de izquierda capituló frente a ese poder omnívoro cuya finalidad es hacerse con el dominio del mundo.

   La derrota de la democracia se dio en la tierra misma que la vio nacer.  Es todo un símbolo  que revela lo que, durante años, intuimos: la equiparación democracia-liberalismo es una configuración ideológica donde el primer término se esfuma en pos de la reproducción del segundo. El liberalismo es el dominio del mercado. La democracia, el imperio de la voluntad popular. El liberalismo se opone a la democracia, y viceversa. Se trata de lógicas opuestas, no complementarias.

   Lo acontecido en Grecia coloca negro sobre blanco. En primer lugar, la troika hizo caso omiso a lo que la voluntad popular griega, expresada en el referéndum acerca de si aceptar el pliego o no (donde el “no” ganó por amplia mayoría), había decidido. En segundo lugar, el pliego de condiciones presentado (y lamentablemente aceptado por el Primer Ministro heleno), agrega una clausula que deja en claro la cuestión: cualquier decisión de gobierno, antes de pasar por el poder legislativo o por el voto popular, debe ser evaluada por ella.

   La soberanía popular quedó  reducida a un mero ornato, a algo de segundo orden, a un mero significante vacio sin efectividad real. La toma de decisiones no es del pueblo, es de quienes manejan los mercados.

    El propio ex Ministro griego,  Yanis Varoufakis,  lo señaló, al comentar, un encuentro con su par alemán:

 

   Uno de los enfrentamientos que tuvo con su archienemigo Schäuble es revelador. “Me dijo: no voy a discutir el programa que aceptó el gobierno anterior porque no podemos permitir que una elección cambie todo. Si las cosas van a cambiar cada vez que hay una elección en uno de los 19 países que somos, los contratos van a perder toda validez. A lo que le contesté que entonces quizás tendríamos que dejar de tener elecciones. Hay una total falta de escrúpulo democrático”, le dijo a New Statesman[1].

 

      Sin lugar a dudas, sería un error, terrible y cómplice, considerar que la derrota griega compete solamente a Grecia. Por el contrario,  lo que está en juego es el destino mismo de la democracia. El mercado es autoritario y dictatorial. Y la dictadura que intenta instalar es una dictadura mundial.  El enemigo que hoy venció a Grecia, es el mismo que busca vencer en América Latina y en las demás regiones del mundo. La derrota griega nos compromete a todos.El mercado libra una guerra por acallar las voces populares e imponer su propia voz como única voz. En Grecia ganó una batalla.

    Anhelamos que ese no sea el resultado final de la guerra.
 
 
 
 




[1] http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/subnotas/277110-73543-2015-07-15.html

viernes, 15 de agosto de 2014

Palestina (Ataque de Israel)

opinión. Agora...a diario 15/08/2014


domingo, 8 de septiembre de 2013

Nada nuevo bajo el sol

opinión. Agora...a diario 08/09/2013





Maximiliano Basilio Cladakis

    Marx comienza su célebre Dieciocho Brumario con la conocida frase: "Hegel decía que la Historia se repite, al menos, dos veces, pero se olvidó de decir que lo hacía una vez como tragedia y otra como farsa".  Las palabras de Marx bien pueden dar cuenta del estado actual del mundo, en donde los últimos acontecimientos se encuentran deviniendo en un nuevo conflicto bélico que tienen como escenario un país del cercano oriente. Sin embargo, para este caso, la frase de Marx debería ser revisada en su última parte: tragedia y farsa no son polos antinómicos, sino que, por el contrario, se entrecruzan y nutren recíprocamente, en un espectáculo criminal, irracional, burlesco, genocida.

   La historia se repite, sí, pero en su carácter trágico y farsesco al mismo tiempo. Los mismos protagonistas, las mismas víctimas, las mismas falacias empleadas como "argumentos". Estados Unidos prepara su invasión contra Siria, Europa se arrastra sicariamente a besar los pies de su Amo para asegurarle que va a estar siempre de su lado, un pueblo "no occidental" (es decir, ni europeo ni estadounidense) espera los bombardeos de sus "libertadores". Hasta el pretexto es el mismo: Siria tiene "armas químicas". Lo mismo se dijo de Irak. En ese momento, el presidente de la principal potencia bélica del mundo sostenía enfáticamente "¡Si no tienen armas químicas que lo demuestren!". Se pedía lo imposible, lo que se contrapone a los más elementales principios de la lógica: demostrar la existencia del no-ser. Sin embargo, no importaba, Estados Unidos "sabía", el Imperio siempre "sabe", aunque luego se demuestre lo contrario (como se demostró, pues, que Irak no tenía armas químicas). Sin embargo eso no importa, el Imperio se puede contradecir a sí mismo y nadie puede recriminárselo. El Imperio es, pues, saber y poder absolutos.

   Hoy ocurre lo mismo, Estados Unidos "sabe" que Siria tiene armas químicas y su saber es tal que no debe ni siquiera demostrarlo. Europa le cree, como el más fiel de los devotos. Estados Unidos es, en efecto, el Dios  cuya Palabra es un pecado juzgar. Europa anhela, mediante una fe irrevocable, adquirir algún lugar en aquel Cielo tachonado de barras y estrellas. Mientras tanto, se prepara una nueva y sangrienta hecatombe. Claro, la sangre que correrá no será ni occidental, ni europea (o estadounidense, es lo mismo), ni cristiana, será simplemente sangre bárbara. La Revolución Francesa terminó con la división entre la "sangre azul" y la "sangre roja", pero el imperialismo trajo consigo una nueva división hematológica: la "sangre civilizada"  y la "sangre bárbara", no se diferencian por el color, sino por algo más inefable, esotérico, casi tanto como el saber del Imperio; es decir, el saber de Dios.

   Y, por ello, a pesar de Marx (y quien escribe es un marxista convencido y confeso), la tragedia y la farsa se dan la mano. Se dan la mano tanto en el pasado como en el presente, y como, casi seguramente, también lo harán en el futuro. Sin embargo, la tragedia es para unos y la farsa es para otros. La tragedia es para aquellos que reciben las bombas, el fósforo blanco, las torturas, las violaciones. La farsa es para los que se otorgan, entre ellos mismos, nóbeles de la paz, para los que hablan de derechos humanos, de democracia, de diversidad, para los que juegan el juego de "progresistas" o "conservadores", de "izquierdas" o "derechas" danzando sobre los millones de cuerpos insepultos que cubren las tres cuarta parte del planeta; cuerpos que son, a su vez, la condición necesaria para que estadounidenses y europeos puedan seguir manteniendo su juego. En última instancia, tal vez eso sea lo único importante y nosotros (latinoamericanos, asiáticos, africanos) no lo podamos ver: que "ellos" puedan seguir jugando. 

    Se equivocan, por tanto, todos aquellos que temen que la invasión a Siria podría desencadenar un estallido bélico a nivel mundial. A ellos nos les va a pasar nada, como nunca les ha pasado en los últimos setenta años.  Les va pasar a los otros, no a ellos. Ellos están seguros, la tragedia no los tocará. Su vida es la farsa, no la tragedia. Y lo saben, en los más íntimo de sus conciencias lo saben. Sartre, aquél europeo tan odiado por los europeos y tan estimado por los no "europeos", se los ha dicho más de una vez en la cara. Tal vez esa sea una de las razones por las cuales su obra ha sido arrojada al mayor de los ostracismos en los círculos académicos internacionales.

    Alguien dijo alguna vez que las tragedias de los hombres, son la comedia de los dioses. Es así, las tragedias del mundo no-occidental, son el carnaval farsesco del mundo civilizado. Siempre ha sido así. Y en el caso, más que probable, en que se lancen las bombas sobre Siria, seguirá siendo así. Los perderos serán los de siempre, los ganadores también.  Como dice el viejo adagio del Eclesiastes: nada nuevo hay bajo el sol.