Por
José Antonio Gómez Di Vincenzo
Todos
tenemos algún ritual. De vez en cuando, repetimos cosas cuyo sentido queda
lejos, perdido en la nebulosa historia. Hacemos libaciones, ofrendas a los
dioses, nos hincamos ante sus estatuas, cantamos himnos, tiramos fuegos
artificiales, etc. Pero hay distintas formas de llenar de contenido al término
ritual.
En
efecto, si hablamos de rituales religiosos o patrióticos nos referimos
principalmente a acciones con un sentido mítico, místico fundacional. Aumentar
la capacidad reproductiva, para obtener ricas cosechas o para tener extensa
prole; elevar el sentimiento patriótico y los valores comunes a la comunidad.
Son todos sentidos que por la repetición de las prácticas se van perdiendo de
vista. Así, esta clase de ritos, los que aparentemente nacieron por la
necesidad de simbolizar alguna profunda cuestión metafísica se naturalizan y
convierten en prácticas descontextualizadas, repetitivas, automáticas. Cantamos
Aurora y nos encuadramos todos los días por la mañana durante siete largos años
de primaria sin saber por qué lo hacemos, nos persignamos mil veces cuando
pasamos por una iglesia sin saber el sentido de la acción, etc.
Algo
diferente es el significado del término rito para la psicología. En la ciencia
de la psiquis, un rito es una o varias acciones que no tienen sentido aparente,
uno compartido por todos los sujetos dentro de un colectivo que los identifique
por igual, un club, una religión, una cultura. Un obsesivo compulsivo repite
ciertos actos como para liberar tensiones en contextos determinados. Puede
otorgarles sentido en el análisis, puede decir que hace tal o cual cosa porque
teme que si no la muerte se haga presente en su vida o se vuelva impotente o
sufra perjuicios económicos. Pero, como quiera que sea, son sus propios
sentidos. El compulsivo es un ritualista individual, no comparte con otros ni
sus rituales ni sus contenidos simbólicos.
El
catolicismo es, junto a otras, una religión de ritos. Sus prelados, los
campeones de la repetición de prácticas cuyo sentido quedó en el mejor de los
casos guardado en el rincón de los recuerdos de épocas de seminario. Los ritos
se apilan en las prácticas donde los miembros de la iglesia se religan con
dios. Pero no debe haber en el mundo gente tan ritualista como los religiosos,
esos hombres que por alguna razón se convierten en ministros (o no), intermediarios
entre dios y los hombres, sea el credo que sea. El convento católico o el
templo shaolin pueden ser excelentes ejemplos de lugares donde se administra o
se aprende a administrar el rito o los ritos.
De
un tiempo a esta parte, los ministros encargados de administrar ritos
religiosos comenzaron a entrar en apuros. La secularización propia de la
modernidad, el avance de los Estado-Nación instala rituales novedosos, como ir
a la escuela laica, como festejar fechas patrias, como ir al laboratorio a
investigar o a la fábrica a cumplir el rito de la producción en serie. El poder
civil y sus funcionarios de carne y hueso comienzan a calar hondo en el
imaginario popular. Y los ritos seculares a veces se dan de bruces con los
religiosos. El lector curioso, ávido de historias, puede abocarse a investigar
cómo en la Argentina de fines del siglo XIX, la confrontación entre poder civil
y clero adquiría ribetes interesantes, apasionados, por cuestiones rituales y
no tan rituales.
Los
prelados no tardan en dar el grito en el cielo toda vez que el poder terrenal
se impone ante el de los seres invisibles que habitan las nubes o sus
intérpretes terráqueos. Si, por ejemplo, el sujeto que habita el más allá y su
interlocutor en la Tierra, ese que tiene el teléfono rojo directo al cielo,
dice que no puede haber matrimonio entre individuos del mismo sexo y el Estado
dice que sí, entonces tenemos un choque de rituales que expresan diferentes
concepciones y presupuestos. Cuando esto pasa, el clero salta como leche
hervida. Y lo hace cada tanto apelando a ciertos ritos.
En
una nueva afrenta al poder civil, esta semana, los obispos católicos
argentinos, digámoslo de una vez, sólo una parte de la amplia y polícroma
iglesia, se expresaron apelando al tradicional rito del mensaje navideño. Y
como la era de las nuevas tecnologías de la información y comunicación acelera
exponencialmente el tránsito de la data, el mensaje llegó antes de diciembre.
La mala leche de criticar haciéndole el caldo gordo al grupo monopólico, dicen
los críticos, impulsó y agilizó la mente de los hombres de sombrerito
puntiagudo.
No
vamos a ahondar sobre lo mismo, muchos textos periodísticos hicieron comidilla
del documento. Dejaremos al lector sacar sus conclusiones sobre el rol político
del clero conservador y demás. Este breve artículo tiene sólo la intención de
impulsar una reflexión acerca del hecho en sí, no tanto acerca de su contenido
simbólico.
Me
pregunto… ¿Será el documento navideño del episcopado un rito más? ¿Uno
religioso u obsesivo? ¿Son los significados que allí se desarrollan compartidos
por todo el colectivo católico? ¿Son significados comprendidos y reflexionados
por todos los miembros del cuerpo místico de Cristo? ¿O hay allí más bien
frases repetidas como cantinelas sacadas de lo más superfluo del sentido común,
esas que se cocinan en las cacerolas de teflón? ¿Cómo replica el documento en
el feligrés? ¿Lo hace en tanto reproductor de rituales o en tanto sujeto de la
praxis? ¿Puede el sujeto de la praxis abstraerse del análisis del rito y
hundirse en la mera repetición y consumo del pan ácido que los obispos ponen en
sus bocas? Y por fin… Un tema álgido: ¿Cuál es el grado de representatividad de
este grupo de prelados elegidos por la jerarquía, cuál su legitimidad?
Los
obispos escupen el asado. Critican el gobierno que representa los intereses del
Estado. Y con él a sus militantes, muchos de ellos también católicos. Critican
a este gobierno que no mueve el tablero para hacer las reformas estructurales
necesarias para limarles poder. Porque no es una prioridad, porque no le da el
cuero, porque no quiere, no puede, no importa ahora eso. Ese gobierno que por
ahora, no corta con los subsidios la
iglesia, ese que no deja de pagar sueldos de curas y monjas, ese que no para de
subsidiar la educación privada católica, ese que avala que congregaciones y
demás no paguen algunos impuestos.
Y
mientras, el incienso, como siempre, quiere cubrirnos a todos. Llenando la
atmósfera de ese tufillo repugnante que algunos no nos bancamos.
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