Ágoraa diario la arena política

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Maximiliano Cladakis-Edgardo Bergna editores. Organo de opinión política de Atenea Buenos Aires. Radio Atenea y Agora Buenos Aires

Escriben: Leandro Pena Voogt-

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jueves, 13 de octubre de 2011

El pathos de la indignación

opinión. Agora...a diario 13/09/2011






Maximiliano Basilio Cladakis

   Evita y los movimientos sociales que emergieron en Europa y, en los últimos días, también en Estados Unidos, poseen un pathos común, una pasión compartida: la indignación. En La razón de mi vida, Evita define la indignación frente a la injusticia como el sentimiento fundamental que la dominó toda su vida; los movimientos sociales, por su parte, llevan dicho sentimiento como nombre propio. Tanto en Evita como en estos movimientos, la indignación cumple el rol de movilizar a la acción. Se trata, sin lugar a dudas, de un rol fundamental.

   Sin embargo, en su autobiografía, la Abanderada de los Humildes advierte que, para que su sentimiento se convirtiese en una fuerza  real, tuvo que articularse en un proyecto político (en este caso el peronismo) que abriera la posibilidad de  una transformación social en beneficio de los humildes. El “día maravilloso” representó, entre otras cosas, el encuentro de Evita con este proyecto.

   En este punto se encuentra, no sólo la diferencia con Evita, sino también el que posiblemente sea el principal peligro para los movimientos de “indignados”. Si bien, la indignación es un sustento emotivo más que legitimo, probablemente necesario, para una praxis política que intente cambiar el orden de cosas, se trata del momento negativo de ella.  El “indignado” se indigna frente a un orden de cosas que considera malo o injusto, se opone a él, lo niega. Sin embargo, como señalaba Gramsci en su crítica a George Sorel, una praxis política efectiva no puede sustentarse solamente en la negación, sino que es imprescindible un momento positivo. Es decir, la negación de un proyecto político-económico (en este caso del neoliberalismo) debe ir acompañada de la afirmación de un proyecto político-económico alternativo.

    Sin embargo, la estructuración de un proyecto político-económico alternativo requiere organización, liderazgos, cierta verticalidad. En este sentido, Laclau señala que los movimientos de “indignados” se caracterizan, precisamente, por su férrea horizontalidad. Para el autor de La razón populista, la ausencia de verticalidad de estos movimientos hace que no puedan (ni quieran, en varios casos) constituirse como una verdadera opción de poder. En efecto, una horizontalidad que no se encuentre atravesada por una verticalidad que otorgue cohesión, unidad, que señale una dirección homogénea, que establezca fines y medios, que se sostenga a medida que pasa el tiempo, implica el riesgo de la dispersión molecular, del tedio de los manifestantes, del fastidio, del regreso al individualismo y de la reestructuración del bloque histórico dominante.

   Es sabido que la política es, en gran medida, lucha por el poder. La constitución de un proyecto alternativo requiere, pues, de una organización vertical que articule las distintas demandas en un discurso totalizador y coherente, a partir del cual  se logre consolidar el poder necesario para llevarlo a cabo. Obviamente, esto significa que la horizontalidad debe ceder, en parte, a la verticalidad. Sin embargo, no por ello debe pensarse en la sumisión de la horizontalidad a la verticalidad. Por el contrario, un poder vertical que se independiza de los movimientos horizontales corre el riesgo de volverse un fin en sí mismo, un poder fáctico como el de las corporaciones económicas, incluso puede llegar a volverse su aliado. Se trata más bien de una relación dialéctica, de determinación recíproca, de dos planos necesarios y complementarios de la praxis política.

   Lo que ocurre es que existen expresiones políticas que hacen de la negación de la verticalidad su principal bandera. Sin lugar a dudas, a muchos nos suena aún hoy el “que se vayan todos” del 2001. Está claro, que, muchas veces, lemas como este se encuentran justificados por el desazón, por la impotencia, por la responsabilidad de funcionarios y partidos en el hecho de defraudar las expectativas y esperanzas de poblaciones enteras, por su complicidad con los poderes fácticos en la persecución de intereses contrarios a los de las mayorías. Sin embargo, esa negación deviene en negación de sí misma y en afirmación de aquello que se quería transformar.

   La transformación de la realidad y la reparación de las injusticias sólo son posibles, pues, por medio de la política, comprendida esta en su doble dimensión de negación y de afirmación. En este sentido, es imprescindible que el pathos de la indignación se encuentre siempre acompañado por los sabios consejos de Maquiavelo para la construcción y mantenimiento del poder.



   

1 comentario:

Lic. José A. Gómez Di Vincenzo dijo...

Habría que agregar ya para redundar, ya para joder un poco más, que al pestilente aroma a rezongo burgués del indignado de hoy (porque uno no se indigna a partir de situaciones fantasmagóricas sino de situaciones concretas y lo concreto es que muchos que tenían un buen pasar a costilla nuestra, ahora se les corta el chorro) se suma una especie de tufillo gorila en el discurso de aquellos que no entienden que la lucha por la igualdad tiene sus tiempos, sus negaciones y superación, que horizontalidad por horizontalidad se diluye en la escasa densidad del llano, unidimensional (o a lo sumo para seguir la metáfora bidimensional; rezongo y vuelta atrás) y que a esos siempre dispuestos a ver la realidad desde las alturas de la teoría (simpre ligada al dogma y la consigna apostólica) bien les cabe la letanía bíblica que dice “antes de mirar la paja en el ojo ajeno ver la viga en el propio”. No vaya a ser cosa que tengamos que creernos que aquellos que corren por izquierda (y por cierto derrapan por derecha) representan la institucionalidad y la democracia. Vamos… ¡Si siempre son los mismos pastores y profetas!